Un viaje sensorial con Psilocibina

Quiero dejar por escrito una reflexión sobre mi experiencia con la psilocibina, sobre cómo este contacto abrió mi conciencia y me hizo darme cuenta de que la vida solo tiene sentido desde el amor, la gratitud, el respeto y el cuidado del otro. Entre nosotros, si no practicamos esto, no hay manera de sostenernos en un mundo que a veces parece tan difícil y complicado, tan exigente… cierto.

Tengo que admitir que esta ha sido una de las experiencias más complejas y duras que he vivido, incluso en situaciones anteriores con enteógenos y medicina ancestral, no rozé los límites de mi cordura en tan prolongado espacio de tiempo. Podría decir que toda esa experiencia anterior terminó jugando en mi contra, porque creía que podría manejar la situación, cuando en realidad es la rendición a la vida y a la experiencia lo que permite que la verdad se nos revele. Esta vez, el estado de locura que experimenté con esta sustancia, nueva para mí, me permitió integrar la experiencia de manera mucho más plena que en otras ocasiones.

Parece una locura pensarlo, pero somos un holograma, una proyección de nuestra mente que genera todo lo que sentimos y vivimos como una extensión de nosotros mismos. No es la primera vez que vivía una experiencia así, pero en esta ocasión era tan palpable que fue lo que realmente me dio miedo. Ver que todo lo que sentimos nace de nosotros, de cómo vemos, pensamos, amamos y sentimos. Era como vivir dentro de una película de ciencia ficción, en bucle, donde no había vidas independientes, sino que todo emanaba de un mismo lugar… de mi mente.

Se entremezclaban mis emociones con las de los demás, y las visiones eran eclécticas, cambiantes. La fusión de sentimientos propios y ajenos, los sonidos distorsionados, las imágenes que se transformaban constantemente… todo esto era parte de una alta intensidad sensorial que me parecía demasiado para poder sostener.

Durante este proceso también viví con claridad una lucha interna, relacionada con mi necesidad de control sobre mi entorno, las personas y, en general, con todo lo que hubiera a mi alrededor. Al mismo tiempo, estaba la necesidad de soltar, de permitirme ser vulnerable con todas las consecuencias. Tenía miedo a sentir, porque iba más allá de lo habitual. Experimentaba mi hipersensibilidad desde una conciencia mucho más amplia, percibiendo absolutamente todo… todo se intensificaba... los pensamientos, el aire, los sonidos, el tacto… de forma constante.

Me parecía casi una condena alcanzar ese estado con tal de obtener respuestas a las preguntas que me había formulado antes de realizar este viaje. Y la idea de vivir permanentemente así, con tanta intensidad, no lo soportaba, me parecía un coste demasiado elevado.

Durante todo este tiempo, las personas que me acompañaron, incluso la propia percepción tan permeable a los sentidos, me rememoraban continuamente la importancia del amor y del respeto hacia el otro. Era lo único realmente importante, haciendo un barrido de toda la miseria y falta de amor que hay en el mundo, y del impacto tan poderoso de nuestros propios actos. Hasta calar en mí la idea de que todos formamos parte de este embrollo llamado Existencia.

Surgía en mí la necesidad de vivir con responsabilidad, de ser consciente de la intención detrás de cada palabra, de cada gesto, de cada pensamiento que proyectaba al otro.

En todo este proceso, mi pareja y mi hijo estuvieron muy presentes.

Me di cuenta de lo importante que es tener a alguien a tu lado, un compañero de vida. Porque en toda esa penumbra y densidad momentánea mezclada con momentos de expansión, tenía un anclaje. Un anclaje que, aunque se materializara en una prenda que llevé al retiro, en realidad era el amor de mi pareja y de mi hijo lo que me sostenía. Y todo ese amor de mi pareja, sin condiciones, su cuidado y atención cuando estábamos juntos, despertaba en mí mi parte más vulnerable, y que había rechazado durante años… esa sensibilidad que me representa.

Trataba de recordar momentos juntos, para volver a la realidad. Me centraba en la sensación que me producían sus abrazos, cómo me sanaban y bajaban mis defensas cuando nos vimos en los primeros días de conocernos. En esa etapa inicial, cuando todo parecía extraño y no sabíamos muy bien qué decirnos, teníamos un pacto no dicho pero asumido por los dos… un abrazo para encontrarnos, para poder sentirnos. Y todo ello me permitió reavivar mi sensibilidad y vulnerabilidad desde esa otra parte, esa parte de mí que se maneja desde el amor, la fragilidad y delicadeza. Y que a veces no muestro en el día a día, ni a los demás, pero es aquella que me da paz y tranquilidad.

Se me caían las lágrimas al pensar en la falta de amor que hay en el mundo, en lo poco que le decimos a las personas que tenemos cerca cosas tan sencillas y necesarias como un “gracias”, un “te quiero”, una palabra amable, una mirada sin juicio o un gesto de bondad… No dejaba de repetirme que lo único realmente importante es el amor, y el cuidado hacia los demás y hacia nosotros mismos. Todo lo demás pierde sentido si eso no está presente.